Boca de energúmeno (Omar Pascual habla sobre la obra de Jesús Zurita en Artizar)

(simplemente una nota sobre la Obra Reciente de Jesús Zurita)

Las palabras embarran la realidad, la nublan, la camuflan, la osbcurecen y entorpecen con su tautología. De este poder de las palabras poco se habla. Es lógico, no es conveniente. No conviene que se sepa de esta tramposa autoridad suya (como si toda autoridad no ejecutara algún tipo de estructura tiránica para falsear o imponer su poder). De ahí el poder del discurso sobre lo visual, la palabra doblega a la imagen por su obviedad. Siendo lo obvio el camino más corto al conocimiento. O más bien, al famoso y añorado Vox Populi, que es un conocimiento normalizado socialmente, sin más valía que su sentido común, común de comunitario no de verdad o de sapiencia contrastada. No por ello el más rico y por ende tampoco el más enriquecedor.

Desde siempre, desde que lo conozco hace ya dos décadas, creo que huir de ese poder es lo que parece hacer la obra de Jesús Zurita. Pues éste la hace indescifrable, inclasificable en palabras. Como escritor (o hacedor de escrituras críticas) sólo puedes bordearla, pasarle rayando a su lado -quizás- dibujando su silueta, nunca penetrándola o atravesándola de manera quirúrgica. Su obra desde siempre se me hace eso, un amasijo impenetrable. Desde esta posición, la obra de Zurita se aleja de todo empeño que pretenciosamente trate de amordazarla con conceptos, verbos, adjetivos o palabra alguna que intente describirla. Siendo una experiencia tan conseguida en la visualidad que únicamente allí es donde posibilita un diálogo.

En su última producción, esta condición inasible se hace cada vez más sólida porque a pesar de sus recursos lingüísticos formalmente reconocibles, es decir: lo que podría nombrarse como un lenguaje estilístico propio, léase: sus zonas rojas donde la figura se torna pétalo, tronco, rama, raíz, pellejo, bulto, trozo de carne o anquilosada roca anclada en el paisaje, su lino o algodón crudo como demarcación de un desértico territorio simbólico, su uso de un verde tóxico, casi demasiado industrial para referenciar una extraña y envolvente vegetación como elemento narrativo biologizado, sustantivizado podría decirse, pues el artista logra que no sean “plantas estáticas” sino una “especie de botánica actuante”; a pesar de la consolidación absoluta del dominio de los mismos, cada vez Zurita esquiva mejor cualquier etiqueta. Escapa de la palabra.

No obstante, a veces de soslayo, algo nos permite que nos acerquemos a su misteriosa zona de inconformidad, nunca una “zona de confort”. Se hace espacio de resistencia. Y en estas últimas obras podríamos decir que esta zona es el espacio mental de una huida. Una fuga. Un movimiento desplazatorio que huye. Que pretende escapar de este presente absurdo cuajado -sobrepoblado quizás- por energúmenos al mando.

Una realidad que Jesús esquiva, dilatándola. Distrayendo su estática geografía hacia una dramaturgia que cae en cataratas, ante la posibilidad de quedarse inerte, se deja caer en precipitación, en caída libre, en un salto suicida al vacío, en un caer que describe la lágrima, el sudor, la rama rota, las monedas lanzadas al aire, el pegoste de la piel, el amasijo de hojas y pétalos que se doblan y chorrean como si fuese una cabellera, un pelaje, un disfraz.

Un disfraz que es una toma de posición política. Una política de diferenciación de: yo no soy tú, no soy ustedes, nunca lo seré. No me lo exijan. No puedo. Nunca podré. Ni quiero serlo. Porque yo soy de otro lugar. Soy otra cosa, otra clase de gente. Soy de los que no le va lo fácil, ni las modas o las exigencias de lo políticamente correcto, tal vez sea reaccionario, pero no estoy doblegado a vuestras vagas formulaciones. No me rindo ni ante los que me conocen. Ellos, se auto-engañan. No me conocen. Elijo tapar -definitivamente- el agujero.

El paisaje de este lugar de su mente, le ayuda a dejar atrás la trampa de quienes usan la belleza para seducir nuestro deseo y nos subyugan a la dependencia de lo bello; puede que porque Zurita conoce que el nacimiento de lo bello puede emerger de lo trágico, o de lo terriblemente horripilante, o puede nacer envenenado, enfermo, retorcido. En un desplazamiento que simula la danza del samurái cuando atraviesa un bosque, cuando atraviesa un cuerpo su katana, cuando su mirada observa a través del velo que teje la sombra de fractales verticales que dibuja su sombrero de paja.

Una huida que -está vez- no es cobardía, sino refugio, lugar para la resistencia desde el que sentenciar contra la voz absurda del idiota que nos embauca como energúmenos con cánticos de epicidad y gallardía, de utopías e ínfulas baratarias, una resistencia que adopta como territorio-lenguaje-y-lugar el Arte, y desde su innegable y rotunda presencia, acalla bocas.

Omar-Pascual Castillo

Las Palmas de Gran Canaria, Málaga, Granada, España.

Primavera de 2018.

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